Una pequeña bruja de sombrero puntiagudo pide dulces frente a una vitrina. Una calabaza sonríe junto a los zapatos, las telarañas se extienden entre los maniquíes y una araña negra cuelga del techo. La bruja abre su bolsa, saca un dulce y se lo ofrece a la araña.
—No te los comas todos de una vez —le dice su mamá.
En el pasillo, Superman lleva las bolsas del mercado. Las escaleras eléctricas siguen subiendo y bajando. Hay esqueletos detrás de los cristales y fantasmas suspendidos del techo.
Es 31 de octubre.
Las vitrinas se han convertido en pequeños cementerios. Las princesas caminan entre los compradores, los monstruos esperan frente a las cajas y las catrinas se detienen a mirar los escaparates. Hay colmillos, capas, coronas, sombreros, huesos y alas. Los rostros se esconden detrás de otros rostros. Hasta las columnas llevan telarañas.
El centro comercial también está disfrazado.
¿Qué habría debajo del disfraz de Halloween?
Podríamos comenzar por lo más llamativo.
El color naranja ocupa tanto espacio que parece sostener la fiesta entera. Está en las calabazas, las guirnaldas, los avisos, las bolsas y las luces. Ha cubierto las vitrinas, trepado por las columnas y atravesado los pasillos.
Un hombre sostiene entre las manos la cabeza de un monstruo. Tiene los ojos hundidos y una boca torcida. Su pareja levanta el celular para tomarle una fotografía. Él acomoda la cabeza junto a la suya y sonríe.
En Irlanda también se fabricaban rostros para espantar.
Se vaciaban nabos, se tallaban ojos y bocas, y se encendía una pequeña llama en su interior. En la oscuridad, las caras deformes parecían mirar a quienes pasaban.
Samhain reunía el final de las cosechas y la llegada del invierno. Se encendían hogueras. Los vivos compartían el mundo con presencias que podían acercarse desde la muerte. Durante aquellas noches, los límites parecían volverse difusos. Había que encontrar maneras de protegerse ante lo desconocido.
Pero el color naranja no se queda en las caras que espantan. También aparece en las flores que reciben.
Una catrina pasa con flores de color naranja alrededor de la cabeza. Los pétalos se mueven al caminar.
En México, el cempasúchil también ocupa las puertas, las mesas y los caminos. Sus pétalos se extienden hasta los altares. Hay fotografías, velas, agua y platos de comida. Alguien ha preparado el regreso de sus muertos.
La pequeña bruja lleva sus dulces en una calabaza de plástico. Tiene una sonrisa ancha y dos ojos triangulares.
En Estados Unidos, las calabazas son mucho más grandes. Alguien pone una sobre la mesa, corta un círculo alrededor del tallo y levanta la tapa. Con una cuchara retira las semillas y las fibras del interior. Después dibuja dos ojos, una nariz y una boca enorme. Recorta las figuras y coloca una luz dentro.
La calabaza termina junto a la puerta de la casa. Cuando oscurece, su sonrisa se ilumina. Los niños que pasan por la calle saben dónde llamar para pedir dulces.
Algunos llevan máscaras. Otros, capas que les cubren los hombros, túnicas que llegan hasta los pies y sombreros puntiagudos. Una niña levanta su máscara para poder comer un caramelo. Un hombre se recoge la capa antes de subir un escalón.
En Escocia, durante las celebraciones de Halloween, hubo quienes se cubrían el rostro y cambiaban de apariencia para no ser reconocidos por los espíritus. Una tela sobre el cuerpo, una máscara sobre el rostro. La silueta conocida podía volverse extraña.
Una tela puede ocultar un cuerpo. Una máscara puede darle otro rostro. Y un rostro también puede convertirse en máscara.
Las calaveras sonríen desde las vitrinas. Algunas están impresas sobre camisetas, otras cuelgan de las paredes. Hay calaveras pintadas sobre las mejillas, con flores alrededor de los ojos y dientes que se extienden hasta las orejas.
En México, alguien dibuja una calavera sobre un papel. Le pone un sombrero, le dibuja un vestido, la hace caminar y bailar entre los vivos. Las calaveras aparecen también en las paredes, entre flores, músicos y personas que celebran.
Una mujer se sienta frente a un espejo. Con un pincel dibuja dientes sobre sus mejillas. Rodea sus ojos de negro y pinta la punta de su nariz. Sonríe. Los huesos pintados se mueven con su sonrisa.
Una calavera viva.
Debajo de los dientes pintados hay otros dientes. Debajo de las cuencas negras, unos ojos que miran. La pintura acompaña los movimientos de un rostro que respira, habla y se ríe.
Pero hay apariciones que no necesitan pintura.
Los fantasmas cuelgan del techo. Algunos tienen cuerpos blancos y ojos negros. Otros arrastran cadenas de plástico o asoman detrás de las columnas. Una corriente de aire mueve sus sábanas y parecen atravesar el pasillo.
La palabra fantasma conserva el rastro de una antigua palabra griega: phántasma, aparición, imagen de algo que se muestra.
Frente al espejo, alguien se ajusta una corbata. Endereza los hombros, levanta la barbilla y vuelve a mirarse. Una médica se pone la bata blanca y acomoda sobre el pecho una tarjeta con su nombre. La familia se reúne frente a una cámara. Una madre interrumpe una discusión, acomoda el cabello de su hija y sonríe cuando comienza la cuenta regresiva. En otra habitación, alguien se seca las lágrimas, se lava la cara y contesta una videollamada sonriendo.
Algunas apariciones caben en una fotografía. Otras acompañan a alguien durante años. También están las que llegan cuando cerramos los ojos.
Y el vacío les hace lugar.
Una mesa vacía.
Alguien extiende un mantel. Coloca un vaso de agua, un plato de comida y unas flores. Enciende una vela junto a una fotografía.
Acerca una silla.
Queda un lugar para quien murió.
Un médico vestido de sacerdote conversa con una profesora que lleva alas de hada.
Un niño se asusta al encontrarse con un monstruo enorme. Se esconde detrás de su madre. Un momento después, se acerca para pedirle una fotografía.
Un diablo camina de la mano de un angelito.
Una familia de criaturas azules, con largas colas, se detiene a mirar los disfraces de otras familias.
Superman extiende su bolsa para recibir dulces.
Una bruja come helado.
Y un pequeño cocodrilo, con la boca llena de chocolate, se ríe sin quitarse la máscara.

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