Septiembre

Es septiembre en Colombia.

Abres las redes y alguien anuncia que eso que sientes es Navidad. En la radio lo repiten: desde septiembre se siente que viene diciembre.

Y un día entras al supermercado. De fondo suena una canción navideña. Halloween comparte pasillo con Amor y Amistad: corazones, calabazas, dulces, disfraces. Un poco más allá, la Navidad tiene un pasillo entero.

Árboles todavía metidos en cajas. Bolas rojas y doradas. Extensiones de luces. Pesebres. Papás Noel. Estrellas para poner en la punta de algo que todavía no existe.

Pero ahí está la Navidad, ocupando varios metros cuadrados de septiembre.

En la película Náufrago, un hombre queda atrapado solo en una isla. No tiene reuniones. No tiene una hora de entrada. No hay un bus que alcanzar ni alguien que vaya a preguntarle por qué llegó tarde. El mundo que organizaba sus días quedó en otra parte.

Pero necesita saber cuánto tiempo ha pasado. Así que empieza a hacer marcas en una palmera. Una por cada día. Luego otra. Y otra. Después hay más árboles cubiertos de marcas.

El tiempo empieza a ocupar espacio.

Basta cambiar la medida para que ese espacio también cambie.

Un lugar puede quedar a tabaco y medio. Se enciende uno y se empieza a caminar; mientras el tabaco se consume, el paisaje cambia. Para cuando se apaga, el cuerpo ya está en otro lugar.

Mi vecina tiene cuatro años. Todas las tardes vuelve del colegio. Mientras su mamá busca las llaves y abre la puerta de su apartamento, ella se recuesta sobre la mía. Lleva la maleta puesta y sigue hablando de lo que hizo en el colegio.

Desde adentro escucho primero la maleta contra mi puerta. Después su voz. Las llaves.

Nos cruzamos miradas algunas veces en el pasillo. No necesitamos conocernos.

Cuando su maleta toca mi puerta, sé que son las cuatro.

Ella no sabe que es uno de mis relojes.

Las cuatro parecen una medida bastante precisa. Pero están las cuatro pasadas, las cuatro largas, las cuatro y pico.

En la parada, un hombre mira la hora, vuelve a mirar hacia donde debería aparecer el bus y dice que lo agarró la tarde. Una mujer se maquilla frente al espejo. Desde otra habitación le preguntan cuánto le falta. Ya va. En un santiamén.

Una familia habla de un viaje durante el almuerzo. Faltan quince días. Eso ya está a la vuelta de la esquina. Alguien pide cinco minuticos más. Otro promete volver en menos de lo que canta un gallo.

Y en Colombia decimos ahorita.

Alguien se tomó el trabajo de medirlo. El Diccionario de americanismos registra, para Colombia, dos posibilidades: «dentro de un momento, más tarde» y «hace un rato». Ahorita puede ser mientras alguien se pone los zapatos para salir. También puede ser algo que acaba de pasar.

La misma palabra mira hacia adelante y hacia atrás.

Ahorita no trae reloj.

Septiembre, en cambio, trae una posición escondida en el nombre. Septem: siete. Pero septiembre ocupa el noveno lugar del calendario. Hubo un tiempo en que sí fue el séptimo. El calendario cambió. El nombre se quedó.

Septiembre ocupa el lugar nueve, pero su nombre conserva la coordenada siete.

Para alguien la Navidad empieza cuando reconoce una canción que llevaba meses sin escuchar. Para otra persona, cuando guarda un regalo y piensa dónde esconderlo. Una familia reserva un viaje y alguien empieza a hablar de lo que va a llevar. Alguien entra al supermercado por cualquier cosa y vuelve a casa con una caja de galletas navideñas.

No todos llegamos a la Navidad por la misma señal.

Tal vez eso que empezamos a sentir ya sea Navidad.

Diciembre todavía viene.

Respuesta

  1. Avatar de Belkis Gimena Briceño Ruiz

    Ya casito, en estico sumercé… tu estais son siempre esperados; son un portal de sorpresas, una ventana a lo que pasa inadvertido.

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