Abres una red social.
Una inteligencia artificial acaba de escribir una canción. En los comentarios discuten si eso todavía puede llamarse crear.
Deslizas.
Un video muestra dos imágenes y pregunta cuál fue hecha por una persona. Miras las dos. No logras distinguirlas.
Deslizas.
Alguien imagina un futuro en el que las máquinas toman las decisiones y los humanos las obedecen.
Máquinas de un lado.
Humanos del otro.
Y, entre ambos, una frontera que parece estar moviéndose.
Bajas el celular.
La pantalla sigue encendida en tu mano.
La pregunta cambia de forma, pero la medida es siempre parecida: qué puede hacer una máquina que hasta hace poco creíamos que solo podíamos hacer nosotros.
Escribir.
Dibujar.
Componer.
Pensar.
Y cuando la distancia se acorta aparece otra palabra: control.
La imagen parece estar siempre un poco más adelante.
Una inteligencia artificial eligiendo por ti. Escribiendo por ti. Resolviendo antes de que alcances a hacerlo.
El peligro está puesto en futuro.
Como si decidir hubiera empezado siempre contigo.
Un grupo de amigos camina por la calle.
Alguien tropieza con el borde del andén y cae.
Los demás se ríen. Una mano alcanza a sacar el celular y toma una foto antes de ayudar.
Desde el suelo también se escucha una risa.
Un rato después, un celular cae al piso.
El golpe seco contra el pavimento.
Nadie se ríe.
—¿Está bien?
Alguien lo recoge enseguida. Mira la pantalla. Revisa las esquinas. Presiona un botón.
Enciende. Está bien.
Tal vez la inteligencia artificial no inauguró el problema.
Solo hizo más difícil no verlo.
Mucho antes de preguntarnos si una máquina podía organizar nuestras decisiones, ya había cosas participando en ellas.
Una idea de éxito.
Un trabajo que había que conseguir.
Un tipo de cuerpo que había que tener.
Una casa.
Un carro.
Una pareja.
Durante un tiempo el control estuvo en la mano.
El televisor estaba del otro lado.
Él mostraba. Tú elegías.
Una mujer enamorada. Una villana que envidiaba a los demás. Una familia que llevaba veinte capítulos sin decirse lo que todos sabían. Una novela.
Cambias de canal.
Un documental.
Cambias.
Un noticiero.
Una película.
Había mundos enteros dentro de aquella caja y tú podías recorrerlos con el pulgar.
El control estaba en la mano. Pero la programación ya estaba hecha.
Algunas imágenes aparecieron tantas veces que un día fue difícil recordar cuándo habías empezado a desearlas.
La casa.
El carro.
Cierta pareja.
Y sentiste que el deseo había nacido enteramente en ti.
Después apagaste el televisor.
Saliste.
Y las historias continuaron.
Vas a visitar a una amiga y durante unas horas escuchas la historia de su última relación. Hay capítulos anteriores, personajes que ya conoces y alguien nuevo que acaba de entrar.
Vas donde una abuela y aparecen calles que ya no existen, personas muertas, casas transformadas. Casi un documental.
Alguien lleva meses pendiente de lo que consiguió otra persona, de lo que tiene, de lo que le dieron. Conoces a ese personaje.
Solo que ahora no puedes cambiar de canal.
Sales al parqueadero.
Las llaves pesan en el bolsillo. Las aprietas.
A lo lejos, unas luces amarillas parpadean.
Algo te responde.
Otra vez el pulgar. Otro botón.
Solo que esta vez caminas hacia allá.
La cultura también estaba afura. En vivo.
Las personas contamos lo que nos ocurre. Elegimos unas escenas, dejamos otras afuera, buscamos causas, recordamos, nombramos. Usamos el lenguaje para hacer de una experiencia algo que otro pueda recibir.
Y cuando frecuentas una conversación, entras durante un rato en esa manera de mirar.
Hay personas con las que pasas una hora y al salir solo quieres llegar a casa. Con otras aparece una idea que no tenías cuando llegaste. A veces intentas contar algo importante y la persona que tienes enfrente mira su teléfono. Otras veces alguien escucha y una conversación sigue contigo varios días después de haber terminado.
No puedes cambiar de canal, pero puedes notar qué ocurrió contigo. Llegaste de una manera y te fuiste de otra. Eso también es información.
Quizá ahí empieza el criterio.
No en tener todas las respuestas, sino en poder distinguir: esto me sirve; esto no; esto todavía no lo entiendo; esto contradice lo que observo.
Con una inteligencia artificial puede ocurrir lo mismo. Puedes pedirle una respuesta, copiarla y cerrar. O puedes preguntar, comprobar, encontrar un error, aprender una ecuación, llegar a una pregunta que antes no sabías hacer.
El aparato puede ser el mismo.
Cambia la relación.
Tu vida, mientras tanto, sigue ocurriendo en vivo.
Ya reconoces historias. A unas vuelves. De otras empiezas a salir.
Puedes quedarte conversando hasta tarde, ir al cine, sacar al perro y terminar caminando más de lo previsto. Encontrarte con alguien. Dibujar. Tomar otro camino. Sentarte un rato al sol.
A veces un plan lleva a otro. A veces no había ningún plan.
La tarde se va haciendo noche.
Después vuelves a casa.
Dejas las llaves.
El día todavía sigue un poco contigo. Vuelve un fragmento de una conversación. Una imagen del camino. Algo que viste en una pantalla. Una frase que ahora recuerdas distinto.
Una cosa lleva a otra.
Puedes notar cómo te sientes después de lo que viviste. Lo que te hizo bien. Lo que todavía incomoda. Aquello que quisieras volver a encontrar.
Son pequeños rastros. No dicen quién eres de una vez y para siempre.
Algunos solo los reconoces mientras ocurren.
En vivo.

Deja un comentario