Percepción

En una casa con niños hay sonidos que, después de un rato, dejan de escucharse por separado. Pasos por el pasillo, juguetes contra el piso, una puerta que se cierra, una voz que llama desde otra habitación.

Una mamá conoce esas voces. Sabe cómo suenan cuando juegan, cuando discuten, cuando corren de un lado a otro. No necesita prestarles atención todo el tiempo. De tanto estar ahí, se vuelven parte de la casa.

Hasta que hay silencio.

Entonces levanta la cabeza.

Todavía no sabe qué ocurrió. Puede que estén haciendo alguna travesura o que simplemente se hayan quedado quietos. Eso viene después. Lo primero que percibió fue más pequeño: algo cambió.

La voz de sus hijos había permanecido el tiempo suficiente para hacer de fondo. Por eso pudo escuchar el silencio.

Percibir empieza mucho antes de saber qué significa lo percibido.

Eva tenía cuatro años cuando la conocí.

En las mañanas, el salón se llenaba de novedades.

—Mi perro se cayó.

—Ayer fui al parque.

—Faltan tres días para mi cumpleaños.

Cada niño llegaba con algo que acababa de pasarle.

Eva también.

—Mi hermano me pegó.

Al día siguiente podía haber un perro distinto, otra visita, una caída, un juguete nuevo.

Eva volvía.

—Mi hermano me pegó.

Pasaban los días. Cambiaban las historias.

La suya regresaba al mismo lugar.

Una mañana dijo que su hermano había muerto.

A la salida, su mamá llegó tranquila a recogerla.

Días después, cuando le pidieron dibujar a su familia, Eva dibujó también a su hermano.

La muerte había aparecido en su relato como una ficción.

Pero la ficción había producido una diferencia.

Después de aquella mañana, Eva dejó de hablar de su hermano.

Lo que cambió ocurrió en otro lugar.

El espacio no quedó vacío. Empezaron a aparecer otras cosas. Eva observaba con atención a un niño y luego corría a contarme lo que había visto. Hacía amistades. Jugaba. Preguntaba. Una maestra le hacía un peinado que ella quería. Cada mañana podía traer un acontecimiento nuevo.

Su hermano seguía formando parte de su familia. Solo había dejado de entrar con Eva al colegio.

No sabíamos exactamente qué había ocurrido en ella. Tal vez ni Eva misma lo sabía.

Pero contábamos con sus días.

Podíamos observarlos y notar que algo había cambiado.

Habíamos estado allí cuando su hermano aparecía una y otra vez en lo que Eva contaba. Estuvimos también cuando dejó de aparecer. La cotidianidad había construido un fondo y, contra ese fondo, algo podía distinguirse.

Mucho tiempo después, cuando ya no estaba dentro de aquella cotidianidad, escribía una nota sobre Eva. Sin buscarlo, mis notas desaparecieron de la pantalla y apareció el reloj.

El segundero avanzaba continuamente y, al principio, parecía deslizarse. Entonces empecé a mirar las pequeñas líneas de la esfera.

Una línea.

La siguiente.

La otra.

El movimiento no había cambiado, pero mi manera de verlo sí. Cada vez que el segundero coincidía con una línea parecía caer sobre ella.

Un segundo era una caída.

Las líneas no producían el movimiento. Ofrecían posiciones contra las cuales podía distinguirlo.

Eso es también lo que hace la resolución.

Una imagen puede contener muchísimos detalles y, sin embargo, no permitirnos distinguirlos. Aumentar la resolución no inventa lo que aparece. Permite separar algo que antes quedaba fundido con el fondo.

Con el tiempo ocurre algo parecido.

Puedo distinguir un segundo porque tengo referencias suficientemente próximas para notar su paso. Los segundos hacen minutos. Los minutos, horas. Las horas, días.

Después aparece el calendario.

Un adulto puede señalar una casilla con el dedo: jueves 17. Mañana será viernes 18.

Para un niño pequeño, ese mismo jueves puede contener otra medida. Puede ser el día en que consiguió saltar por primera vez desde un escalón, probó algo que no conocía o descubrió cómo abrir una puerta. Entre una mañana y una noche pueden haber ocurrido muchas cosas que ayer todavía no existían para él.

El calendario sigue marcando un solo día.

Pero no todos los días contienen la misma cantidad de novedad.

La escala no decide qué está ocurriendo. Cambia lo que alcanzamos a distinguir de aquello que ocurre.

Hay definiciones de percepción que permiten nombrar cómo recibimos y organizamos información del mundo. Yo necesito acercarme a ella desde otro lugar.

Algo permanece lo suficiente para hacer de fondo. Algo cambia. Y desde cierta escala consigo distinguir ese cambio.

A eso lo llamo percepción.

Pero importa también qué dejamos hacer de fondo.

Un bebé llega al momento en que los adultos esperan que gatee. Pasan los días y no gatea. En cambio, se sienta, empuja el cuerpo con una pierna, gira, se arrastra y atraviesa la habitación.

Si miramos lo esperado, todavía no gatea.

Si miramos al bebé, ya encontró cómo llegar.

Más adelante esperamos palabras.

Un niño señala la puerta. Señala el vaso. Lleva una mano hasta el interruptor de la luz.

—Todavía no habla —dice alguien, mientras él lo conduce hasta lo que necesita.

Y un día aparece una caja de cartón.

Sabemos que es una caja.

El niño entra. Abre una puerta donde no la había.

Ahora hay una casa.

Podemos decirle que eso no es una casa.

O podemos preguntarle dónde queda la ventana.

Tal vez con la infancia ocurra algo parecido.

Llegamos a mirarla desde un mundo que ya tiene nombres, medidas, tiempos y maneras conocidas de hacer las cosas. Sabemos cuándo se espera que un cuerpo gatee, cuándo debería aparecer una palabra, para qué sirve una caja. Sabemos también qué significa morir.

Todo eso puede convertirse en una regla contra la cual medir lo que vemos.

Entonces lo que no coincide aparece como falta, error o problema.

Pero las reglas también pueden hacer de fondo.

Y sobre ese fondo puede aparecer una diferencia.

Un bebé que no gateó y, sin embargo, encontró cómo llegar.

Una conversación que empezó antes de la primera palabra.

Una caja que siguió siendo caja mientras contenía una casa.

Una niña que sabía que su hermano seguía formando parte de su familia y, sin embargo, encontró una forma de dejar de llevarlo a todos sus días.

Durante mucho tiempo pude ver esa diferencia en Eva porque estaba cerca de sus días.

Los años cambiaron mi resolución.

Ahora puedo distinguir algo que entonces todavía estaba demasiado cerca para ver.

Eva no necesitó explicarme lo que había hecho. Tampoco necesitó saber decirlo. Había encontrado una forma.

Su hermano seguía existiendo de un lado. Del otro, podían aparecer un juego, una amistad, un peinado, una pregunta, algo que acababa de descubrir.

Un día podía tener puertas distintas a las de los demás días.

Y había algo en esa capacidad de encontrar una puerta, de hacer sitio para otra posibilidad: que no necesitaba haber sido enseñado por un adulto.

La infancia ya estaba haciendo eso.

Tal vez somos nosotros quienes, al crecer, aprendemos tan bien las formas que el mundo ya conoce que algunas otras dejan de entrar en nuestra resolución.

Por eso mirar la infancia puede modificar también nuestra manera de mirar.

No para olvidar lo que sabemos.

Para dejarlo hacer de fondo.

Esperar a que alguien abra una puerta donde no la había.

Respuesta

  1. Avatar de crispycloud01cf4255ae

    Hermoso

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