Hay una canción que se te queda pegada y no la llamaste.
Suena en tu cabeza mientras lavas los platos. En algún momento, antes de que te des cuenta, el pie empieza a golpear suavemente el piso. La cadera se mueve hacia un lado. Quizás los hombros también.
No decidiste bailar. Algo llegó hasta tu cuerpo y tu cuerpo respondió.
Podrías intentar medirlo. Uno, dos, tres, cuatro. Un compás nos ofrece una medida; el ritmo nos deja escuchar qué ocurre dentro de ella.
Porque dentro de una misma canción caben muchos movimientos.
Ponla en una habitación llena de niños y mira.
Uno salta. Otro gira. Alguien mueve solamente los brazos. Otro parece quedarse quieto hasta que aparece una parte de la canción que reconoce y entonces su cuerpo entra.
La canción es la misma. Los movimientos no.
Ritmo es una palabra mucho más antigua que cualquier metrónomo. Viene del griego rhythmós, emparentado con rhéō: fluir. Antes de quedar amarrada a nuestra idea de una repetición regular, podía nombrar la disposición que algo va tomando mientras fluye.
Una forma que aparece mientras algo se mueve.
No una forma terminada esperando que el movimiento aprenda a obedecerla.
Camina un rato junto a alguien que quieres.
Al comienzo cada quien lleva sus pasos. Uno un poco más largo, otro más corto. Alguien disminuye la velocidad para terminar una frase. El otro se adelanta y luego espera. Después de unas cuadras puede ocurrir que, sin haberlo acordado, los pasos empiecen a encontrarse.
No son dos cuerpos independientes encontrando mágicamente el mismo tiempo.
Hay una calle debajo de ambos. Hay una conversación. Hay sonidos, pendientes, semáforos, cansancio. Hay un medio compartido que permite que el movimiento de uno afecte el movimiento del otro.
Los ritmos pueden encontrarse sin volverse uno solo.
Algo parecido puede observarse en dos péndulos sostenidos por una misma estructura. Sus oscilaciones pueden ir acompasándose porque las pequeñas vibraciones de uno alcanzan al otro a través de aquello que ambos comparten.
La pared también participa.
El ritmo tampoco parece estar guardado dentro del cuerpo como un metrónomo privado.
Se va haciendo en relación.
Imagina tu corazón.
Comenzó a funcionar mientras todavía se estaba formando. No hubo primero un corazón completamente terminado al que después alguien pudiera encender.
Forma y movimiento crecieron juntos.
Y todavía ocurre algo curioso con él.
Estás sentado en un café y entra alguien que te gusta.
El corazón cambia.
Recibes una noticia que estabas esperando.
Cambia.
Escuchas un ruido inesperado detrás de ti.
Cambia.
Corres, bailas, duermes, abrazas.
Cambia.
El mundo puede tocar un cuerpo sin ponerle una mano encima.
Y el cuerpo responde modificando su movimiento.
Hay cosas que nos mueven durante unos segundos y otras que consiguen orientarnos durante años.
Alguien ve un piano en una película y algo queda sonando. Días después busca una escuela. Empieza a tomar clases. Sus dedos, que antes no sabían dónde encontrar un do, vuelven una y otra vez sobre las teclas hasta que un día pueden tocar una canción.
Pero no solamente aprendieron los dedos.
También cambió el oído.
Donde antes había una canción entera, ahora puede escuchar un bajo, reconocer un cambio de acorde, esperar la entrada de un instrumento. La música que estaba allí antes de aprender sigue siendo la misma y, sin embargo, ya no la escucha igual.
Algo parecido ocurre cuando alguien aprende a dibujar.
Mira una cara y empieza a encontrar distancias. Descubre la sombra debajo de una nariz. Nota la inclinación de una ceja, el lugar donde cambia la luz sobre un pómulo. Mira una mano y ya no encuentra solamente cinco dedos: aparecen articulaciones, proporciones, pliegues.
La mano aprende a dibujar y, mientras aprende, los ojos aprenden a ver.
Aprender algo puede hacer eso.
Aprendes sobre moda y empiezas a mirar cómo cae una tela sobre un cuerpo. Aprendes una palabra y comienzas a encontrar aquello que nombra en lugares donde antes pasaba inadvertido. Aprendes una técnica y un día descubres que tus manos la están usando para resolver algo distinto de aquello para lo que la aprendiste.
Hacemos cosas y esas cosas también nos hacen.
Por eso importa aquello que consigue interesarnos.
Una persona.
Un país.
Una pregunta.
Un saber.
Algo nos interesa y el cuerpo se orienta un poco hacia allí.
Ponemos atención.
Ponemos tiempo.
Ponemos las manos, los ojos, los oídos.
Ponemos el cuerpo.
Y al hacerlo una y otra vez, algo cambia.
No solamente sabemos más acerca de aquello que nos interesaba.
También nos hemos convertido en un cuerpo capaz de percibir algo que antes no percibía.
Quizás el ritmo tenga algo que ver con esa transformación.
No con repetir siempre el mismo movimiento, sino con volver, variar, aprender, responder.
Podemos verlo también afuera, donde nadie pone atención ni interés.
Mira un río.
El agua pasa y, mientras pasa, mueve sedimentos, erosiona algunos bordes, encuentra piedras, abre pequeños lugares por donde seguir. El cauce va cambiando con el agua que lo atraviesa.
Y cuando el cauce cambia, también cambia el movimiento del agua que viene después.
El movimiento modifica la forma, y la forma modificada participa en el movimiento siguiente.
La Tierra tampoco apareció terminada y después comenzó a moverse.
Adquirió su forma mientras materia, gravedad, choques y rotación estaban ocurriendo. No hubo primero una Tierra completa y después movimiento.
Hubo materia moviéndose y tomando forma.
Y todavía gira. Todavía recorre su órbita. Todavía cambia.
Nosotros tampoco llegamos terminados para después empezar a movernos.
Nos vamos haciendo mientras nos movemos.
Una canción mueve un pie.
Un instrumento educa un oído.
Un lápiz cambia una mirada.
Una palabra permite encontrar algo que antes estaba allí, pero todavía no podíamos nombrar.
Una persona hace saltar al corazón.
Y aquello que hacemos con lo que nos toca vuelve a modificar la manera en que podemos tocar el mundo.
Un compás puede ofrecernos una medida.
Pero dentro de esa medida todavía caben muchas maneras de moverse, de escuchar, de mirar, de estar vivos.
Vuelves a los platos.
La canción sigue ahí, la misma que no llamaste.
Y tu pie, otra vez, sin pedirte permiso, se mueve.
Quizás nunca haya sido solamente el pie.
Es todo lo que te ha tocado, bailando contigo.

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