Seré, serás, será

Una persona mira un video corto en su celular. De repente la imagen se detiene.

Aparece una casa blanca, con ventanas enormes y una cocina impecable. Después, un carro avanzando por una carretera vacía. Otro cuerpo. Otra ropa. Una persona sonríe dentro de una vida en la que todo parece haber encontrado su lugar.

En una esquina de la pantalla comienza una cuenta regresiva.

5, 4, 3, 2, 1.

Saltar anuncio.

Un dedo toca la pantalla y la vida continúa. Muy lejos de ahí, en otra ciudad, quizá en otro país, otro dedo acaba de recibir una promesa parecida.

Serás esto. Vivirás aquí. Te verás así. Esto te hará feliz.

Y después le ponen precio.

La publicidad no vende solamente una casa, un carro o un cuerpo. Hace algo anterior.

Conjuga el verbo por ti.

La palabra futuro viene del latín futūrus, participio futuro del verbo esse: ser. Lo que ha de ser. Lo que está por ser.

Hay algo que me interesa en ese origen: antes de nombrar eso que llamamos futuro, hay un verbo. Ser.

Seré. Serás. Será.

Pero ninguna de esas palabras dice todavía qué.

Seré… ¿qué?

Quizá ahí está lo que me interesa del futuro: no en saber hacia dónde va el tiempo, sino en que algo sigue siendo sin haber adquirido todavía una forma definitiva.

El futuro conserva abierto el verbo ser.

La gramática abre el lugar. La vida lo llena.

Mientras algo está vivo puede cambiar, relacionarse, aprender, alejarse, acercarse, adquirir formas que antes no tenía. Por eso hay algo extraño en vender el futuro: habría que tomar aquello que todavía está siendo y ofrecerlo como si ya tuviera una forma terminada.

Conjugarlo antes de que ocurra.

Una persona recibe las llaves de una casa. Las sostiene frente a la puerta y sonríe.

Desde afuera solo podemos ver eso: una persona, unas llaves, una casa nueva.

No sabemos si llevaba años queriendo vivir ahí, si tiene exactamente las ventanas que buscaba, un cuarto para pintar y un árbol que alcanza a ver desde la cocina. Tampoco sabemos si alguna vez simplemente aprendió que tener una casa significaba haber llegado.

La imagen podría ser exactamente la misma.

Lo que cambia es la relación entre esa persona y la vida que está comprando. Porque una cosa es comprar una casa y otra comprar la vida que supuestamente viene con ella.

Entra.

La sala es enorme. El televisor que tenía antes se ve pequeño en esa pared. El comedor tampoco parece llenar el espacio. Camina por la casa imaginando dónde poner las cosas hasta que abre una puerta y encuentra el garaje.

Está vacío.

Un garaje vacío es solamente espacio. Pero basta imaginar un carro adentro para que el espacio empiece a parecer una ausencia.

Entonces ocurre algo curioso. La casa que acaba de comprar comienza a mostrarle cosas que todavía no tiene. Una pared demasiado grande para su televisor. Un sofá demasiado pequeño para la sala. Un garaje esperando un carro.

Poco a poco, la realidad adquirida empieza a producir sus propias necesidades.

No porque esté mal querer un televisor, un sofá o un carro. Puede desear cada uno de ellos. La pregunta es otra: ¿cuándo apareció ese deseo? ¿Estaba antes de la casa o apareció para completar la imagen de la vida que venía con ella?

El garaje no necesitaba un carro.

Era espacio. Pero una realidad ya diseñada puede convertir un espacio disponible en algo que falta.

Entonces el objeto deja de ser solamente un objeto. Empieza a cargar una respuesta: aquí serás estable, aquí habrás triunfado, así se verá una vida que funciona.

El dinero puede comprar la casa. Puede comprar el televisor, el comedor, el carro. Puede comprar comodidad, experiencias, viajes, comida, tratamientos, herramientas, posibilidades. Puede modificar profundamente las condiciones materiales en las que vivimos.

Pero no puede comprar aquello que todavía estamos siendo.

Cuando alguien nos vende una forma de vida como futuro, necesariamente tiene que haberla diseñado antes de nosotros. La casa existía. El carro que debía ocupar el garaje existía. El modelo de éxito existía. La imagen del anuncio existía.

Lo único que todavía no existía eras tú viviéndolo.

Ahí está la contradicción.

El dinero no compra el futuro. Compra una realidad ya conjugada.

Y una realidad ya conjugada trae consigo condiciones para sostenerla. Cada cosa nueva puede traer una cuota, un mantenimiento, un seguro, una reparación; tiempo y trabajo para conservar aquello que adquirimos.

Hasta que puede ocurrir una inversión curiosa: primero compras las cosas para construir una vida. Después organizas una parte de tu vida para sostener las cosas que compraste.

Quizá por eso podemos comprar una promesa de futuro y terminar trabajando para mantener su pasado.

Imagina que encuentras una fotografía tuya de hace diez años.

La miras un rato. Reconoces la cara, la manera de poner las manos. Tal vez todavía haces ese mismo gesto cuando alguien te toma una foto. Eres tú.

Pero sabes cosas de esa persona que ella todavía no sabe.

En diez años algunas relaciones se fortalecieron y otras terminaron. Cambiaste de opinión. Descubriste cosas que te gustaban y dejaste de querer otras que parecían importantes. Conociste personas que todavía no existían en esa fotografía.

Pero no cambiaste solamente tú. También cambió el mundo con el que estabas en relación.

Mira tu celular.

En muy pocos años ese pequeño objeto empezó a contener conversaciones, mapas, fotografías, bancos, trabajos, documentos, música, libros, citas, compras, rutas para llegar a lugares que no conocemos.

Pero quizá lo más interesante no es todo lo que cabe dentro. Es todo aquello con lo que nos relaciona.

Una persona. Un banco. Una calle. Una canción. Una noticia ocurrida al otro lado del planeta. Alguien que no conocemos todavía. Un lugar al que nunca hemos ido.

El celular deja ver algo que no siempre podemos observar: nuestra manera de relacionarnos con el mundo.

Hace diez años algunas de esas relaciones no existían. Otras tenían formas diferentes. Y algunas que hoy parecen indispensables todavía no se habían vuelto parte de nuestras condiciones cotidianas.

No necesariamente porque estuviera mal vivir antes de otra manera ni porque esté bien vivir así ahora.

Las condiciones cambiaron. Y nosotros entramos en relación con ellas.

La persona de la fotografía no podía saber qué relaciones aparecerían, cuáles desaparecerían, cuáles modificarían su vida. Tampoco podía saber qué posibilidades produciría un mundo que aún estaba cambiando.

Diez años después, sigues siendo tú. Pero ni tú ni el mundo con el que te relacionas permanecieron quietos.

Estar viva nunca significó permanecer igual.

Abres el mapa en el celular. Un punto azul indica dónde estás. Alejas los dedos sobre la pantalla y la ciudad se hace pequeña, luego el país, luego aparecen otros países. Hay líneas entre ellos. Una de esas líneas atraviesa un río.

En la pantalla sabemos exactamente dónde termina un país y comienza otro. Para quien intenta cruzarla, esa línea produce consecuencias completamente reales.

Acerquémonos al río. El agua avanza entre piedras y arrastra sedimentos. Un pez sigue la corriente. Una hoja cae sobre el agua y se mueve con ella, hasta atravesar, sin saberlo, la misma línea que vimos en la pantalla.

El río no sabe que cambió de país.

La frontera organiza, nombra, decide. Pero el territorio no termina donde termina nuestra representación de él: el agua sigue circulando, las raíces siguen creciendo, las personas siguen viviendo, debajo de cualquier línea que dibujemos encima.

La hoja queda atrapada entre unas raíces, tantas que cuesta saber dónde empieza una y termina otra. Sobre el agua hay ramas; sobre las ramas, hojas; más arriba, otras copas reciben la luz antes de que llegue al suelo. Una enredadera sube por el tronco de otro árbol. Un hongo crece sobre lo que empezó a descomponerse. Una semilla viaja dentro de un animal y aparece, después, en otro lugar.

Llueve.

El agua golpea las copas, baja por las hojas, resbala por los troncos, entra al suelo, alimenta quebradas, llega otra vez al río. Bebe un animal. Una planta la absorbe. Una persona llena un vaso.

Somos la especie capaz de comprender todo este funcionamiento.

Nos llamamos la especie más inteligente.

Y, sin embargo, también hemos construido formas de organización capaces de deteriorar las condiciones materiales que sostienen nuestra propia vida.

Seguimos el agua.

Ahora está dentro de una botella. Tiene tapa, etiqueta, marca, código de barras y precio.

La misma especie que puede comprender el ciclo del agua puede contaminar una fuente, transformar un territorio, producir escasez y construir después toda una industria alrededor del acceso a aquello que necesita para seguir viva.

Hay algo desconcertante en esa inteligencia.

No en la botella. Una botella de agua puede ser necesaria, útil, incluso vital en determinadas circunstancias.

La contradicción está en otra parte.

Podemos reconocer una condición de la vida y organizar el mundo de una manera que la deteriora.

Después podemos vender acceso a ella.

Cambiamos el empaque. Ponemos un precio. Y seguimos llamando progreso a la capacidad de producir cada vez más cosas, incluso cuando para producirlas reducimos las condiciones que hacen posible producir cualquier cosa.

Tal vez el problema nunca fue nuestra capacidad para transformar la realidad. Es extraordinaria.

El problema aparece cuando una forma de organizarla se comporta como si pudiera existir separada de las condiciones que la sostienen.

Quizá con una vida pueda ocurrir algo parecido.

Recibimos muchas preguntas antes de aprender a formular las propias. Qué quieres ser. Dónde quieres vivir. Cuánto dinero quieres ganar. Con quién quieres compartir tu vida. Cómo debería verse una vida cuando funciona.

Y buscamos respuestas.

Pero si el futuro no es una forma terminada esperando en algún lugar del tiempo, si también somos lo que vamos siendo mientras vivimos, podríamos imaginar otra cosa.

Un crucigrama propio.

No uno que recibimos resuelto, con preguntas que debemos responder correctamente, sino uno que vamos escribiendo mientras vivimos. Algunas palabras las aprendimos de otros. Algunas preguntas nos acompañarán durante años. Otras dejarán de servir y podremos escribir una nueva al lado. Habrá respuestas borradas que dejarán una sombra de grafito y casillas que permanecerán vacías durante mucho tiempo.

Una pregunta puede acompañarnos durante años y dejar de servir.

¿Por qué me hizo eso? Quizá durante un tiempo necesitamos preguntarlo. Volvemos al mismo hecho, intentamos comprenderlo, buscamos una respuesta. Años después, el hecho sigue ahí, pero quien vuelve a mirarlo ya ha vivido otras cosas.
Entonces puede aparecer otra pregunta: ¿qué aprendí de mí allí?

Y algún tiempo después, otra: ¿hacia dónde comencé a moverme después de aquello?

El acontecimiento no desapareció. No necesitamos borrarlo ni fingir que significó otra cosa.

El hecho permanece. La pregunta puede cambiar. Porque también cambia quien pregunta.

Así podría verse un crucigrama vivo: algunas palabras ya están escritas, otras cambian de lugar, una respuesta borrada conserva la sombra del grafito y en algún margen aparece una pregunta que hace diez años ni siquiera habríamos sabido formular.

No es una prueba que algún día terminamos. Es una escritura que cambia porque también cambia quien escribe.

Las infancias hacen algo parecido con el lenguaje.

Escuchan a otros hablar. Encuentran regularidades, prueban sonidos, combinan lo que van aprendiendo con lo que necesitan decir. Y de pronto aparece una palabra disparatada: Yo sabo. Yo poní.

Después llegará la forma que la gramática reconoce: yo sé, yo puse. Pero durante un instante ocurrió algo extraordinario: alguien encontró una forma de conjugar con aquello que hasta ese momento había aprendido viviendo entre otros.

La gramática también va haciendo camino.

Quizá nuestro crucigrama pueda escribirse así: en relación con lo que encontramos mientras vivimos. Habrá experiencias que cambien las preguntas, personas que todavía no conocemos, ideas que necesitarán de algo que aún no ha ocurrido. Aparecerán palabras, obras, maneras de hacer y de relacionarnos que hoy no podríamos anticipar porque todavía falta vivir aquello que las hará posibles.

Seré. Serás. Será.

Todavía no sabemos qué.

Y quizá ahí el futuro pueda producir un efecto diferente.

No la certeza de recibir aquello que compramos.

La sorpresa de encontrar algo que todavía no sabíamos que podía existir.

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