García Márquez está solo en su despacho. Hay hojas sobre el escritorio, hojas en el piso, hojas corregidas, tachadas, vueltas a escribir. Lleva horas ahí.
En otra habitación, una chica sostiene una guitarra sobre las piernas. Toca tres acordes, se detiene, vuelve al primero, cambia una palabra de la canción y empieza otra vez.
En el baño de una casa, una actriz ensaya frente al espejo. Dice una frase, camina dos pasos, regresa y la repite de otra manera. Por un momento, el cepillo de dientes y las toallas desaparecen: está en un escenario.
En algún lugar, alguien dibuja hasta que se hace de noche. Alguien escribe una historia que todavía nadie ha leído. Alguien baila una misma secuencia una y otra vez en una sala demasiado pequeña. Alguien escucha diez segundos de música, mueve una cosa, vuelve atrás y escucha los mismos diez segundos.
Son habitaciones distintas y personas que no se conocen. Cada una está haciendo algo que todavía no existe.
Pienso en todo el tiempo que una persona puede pasar así: escribiendo, componiendo, ensayando, dibujando, repitiendo. Horas, meses, a veces años de una vida haciendo algo que quizá nadie llegue a leer, escuchar o ver. Desde afuera, podría parecer una actividad profundamente solitaria.
Pero algo de esa soledad no me encaja del todo.
Sostengo otra posibilidad, la mía.
Hay un libro en mi biblioteca escrito por un hombre que murió hace más de setenta años. Lo abro y no encuentro solamente sus ideas. Encuentro algo más pequeño: la manera en que se detenía en un detalle, la urgencia con la que anotaba una frase antes de que se le escapara. Por un momento no estoy leyendo una teoría. Estoy viendo a alguien escribir.
Ese hombre es Freud.
Y ahí tengo que separar dos cosas que durante mucho tiempo tuve pegadas. No buscaba lo que un hombre logró. Buscaba lo que un hombre hizo mientras vivía.
El psicoanálisis es lo que Freud logró. Freud, sentado en su escritorio, escribiendo, es lo que Freud hacía.
Y yo, sin saberlo, siempre volví a lo segundo.
El psicoanálisis y yo somos incompatibles. Lo sé porque durante un tiempo intenté relacionarme con él. Todavía hoy, cuando me acerco demasiado, siento una ligera tensión en el cuello.
Y, sin embargo, sigo buscando a Freud.
Esto me resulta curioso. Podría haberme alejado de él junto con todo lo demás. Podría haber dejado sus libros cerrados y haber decidido que Freud pertenecía al psicoanálisis y que, por lo tanto, también debía quedarse allá.
Pero vuelvo.
Me gusta entrar a sus libros y encontrarlo escribiendo. Lo imagino en su habitación, registrando lo que ve: lo que alguien dijo en su consultorio, un sueño, una palabra, un gesto, una asociación que apareció de repente. Me gusta la sensibilidad con la que se detiene en los detalles. A veces parece que estuviera intentando registrar todo lo que alcanza a ver antes de que desaparezca.
Eso es lo que busco cuando vuelvo a Freud. No busco el psicoanálisis. Busco las palabras que dejó. Busco esa manera de mirar, de registrar, de seguir algo pequeño porque quizá ahí había algo que todavía no podía comprender.
El psicoanálisis puede seguir siendo incompatible conmigo. Freud puede seguir haciéndome compañía.
Y entonces aparece una pregunta:
¿Cómo puede alguien que está solo en una habitación, escribiendo, terminar acompañando a alguien que todavía no ha nacido?
Vuelvo a mirar las habitaciones. La chica sigue con su guitarra, pero ahora sonríe apenas cuando el acorde por fin encaja. La actriz vuelve a decir su frase frente al espejo, y por un segundo asiente, como si alguien del otro lado le hubiera contestado.
De pronto ya no estoy tan segura de que estén solos.
Tal vez hemos confundido estar a solas con estar sin compañía. Porque mientras alguien hace una canción también puede estar fabricando un lugar donde quedarse un rato. Mientras escribe puede conversar con las palabras que aparecen. Mientras pinta puede pasar horas dentro de algo que antes no existía.
Quizá el artista no hace primero una obra para después entregársela a los demás. Quizá, mientras la hace, también se está haciendo compañía.
Pero hay momentos en los que esa compañía se vuelve especialmente visible: los momentos vacíos. Una tarde sin planes, un viaje largo, una habitación en silencio, una noche en la que decidimos no ver a nadie.
Cuando elegimos estar a solas, hacemos algo curioso: buscamos una canción, abrimos un libro, elegimos una película, ponemos una serie que ya vimos, volvemos a una voz que conocemos.
¿Por qué buscamos el arte precisamente cuando elegimos estar a solas?
Quizá porque estar a solas no significa necesariamente querer estar sin compañía. Hay compañías que no necesitan sentarse frente a nosotros. Una canción puede ocupar el aire de una habitación sin pedirnos que respondamos. Una novela puede quedarse durante horas sin exigirnos conversación. Una película puede acompañar una noche completa y después dejarnos nuevamente en silencio.
Podemos acercarlas, alejarlas, repetirlas. Podemos cerrar el libro y volver mañana. Es una compañía extraña porque puede estar presente sin interrumpir la soledad.
Y entonces vuelvo otra vez a las habitaciones del principio. García Márquez relee una página tachada tres veces y, aun así, la deja: todavía confía en que se va a ordenar sola. La chica se detiene en el tercer acorde más tiempo del necesario, como si esperara que él le confirmara algo. La actriz mira el espejo un segundo de más antes de repetir la frase — ese segundo de más es donde está creyendo.
Desde afuera vimos personas solas. Pero lo que vimos era apenas una imagen. Desde afuera solo podemos ver a una persona escribiendo sobre unas hojas, a una chica repitiendo tres acordes, a una mujer hablando frente a un espejo.
No podemos ver lo que están haciendo.
Están creando algo que todavía no existe.
Y para hacerlo necesitan una cosa difícil: creer en esa creación antes de que exista.
La chica tiene que creer que esos tres acordes pueden convertirse en una canción. La actriz tiene que creer en el escenario mientras todavía está mirando el lavamanos, las toallas y el cepillo de dientes. Quien escribe tiene que creer que esas páginas pueden convertirse en un libro aunque todavía sean hojas desordenadas sobre un escritorio.
Durante un tiempo, la obra existe solamente porque alguien sostiene la posibilidad de que exista. Desde afuera puede parecer una persona sola haciendo lo mismo durante horas. Desde adentro está ocurriendo otra cosa: hay un mundo en construcción.
Y quizá por eso me interesa tanto la imagen del artista a solas. No porque crea que el arte necesita sufrimiento o aislamiento, sino porque hay un momento de toda creación en el que alguien tiene que sostener algo que los demás todavía no pueden ver. Tiene que relacionarse con eso, escucharlo, seguirlo, creerle, hasta que un día puede sacarlo de la habitación.
Y entonces ocurre algo precioso: aquello que necesitó de la compañía del artista para llegar a existir puede empezar a hacerle compañía a alguien más.
Abramos las habitaciones.
En un bus, en un país lejano, un chico lleva audífonos. Mira por la ventana mientras escucha la misma canción una y otra vez. Es aquella canción, la de la chica que pasó una tarde entera tocando tres acordes sobre su cama.
Ahora ella no está, pero algo que hizo está viajando en ese bus.
En una sala de cine, una mujer se conmueve mirando a una actriz en la pantalla. No sabe que hubo un día en que esa actriz dijo esas mismas palabras frente al espejo del baño de su casa, que caminó dos pasos, regresó y las dijo otra vez.
La mujer solamente ve la película. Y llora.
En otra parte, alguien abre un libro. Alguien mira durante mucho tiempo un cuadro. Alguien baila una canción que fue compuesta en una habitación a la que nunca entrará.
Las obras se han dispersado. Ya nadie sabe muy bien dónde está la habitación en la que comenzaron.
Tal vez el arte no se trate de producir una obra perfecta o acabada. Tal vez se trate de ser orfebres de la propia vida: tomar lo que vemos, lo que escuchamos, aquello que nos obsesiona, lo que todavía no comprendemos, y trabajar con ello hasta conseguir darle una forma.
Una forma que pueda salir de nosotros. Una forma que pueda viajar.
Entonces pienso que quizá el arte tiene algo de tecnología. No una tecnología de máquinas, sino una tecnología para hacer transportable la compañía.
Alguien hace algo para acompañarse. Después lo deja salir. Y eso que le hizo compañía puede empezar a viajar. No sabemos hasta dónde. No sabemos a quién encontrará.
Voy otra vez a Freud.
Hay días en los que quiero sentirme acompañada y voy a sus libros. Los abro, leo, me detengo. Y ocurre algo que todavía me parece casi mágico: puedo sentir a Freud en sus propias palabras. No al padre del psicoanálisis.
A Freud.
Al hombre sentado en su escritorio. Al hombre entrando a su consultorio, escuchando a alguien y después intentando registrar lo que había ocurrido.
Siempre me ha impresionado esa urgencia suya por dejar los detalles escritos: un sueño, una frase, una equivocación, una palabra que apareció donde parecía que debía aparecer otra, un gesto mínimo.
Leo esas páginas y siento la sensibilidad de un hombre que escuchaba a los demás, tratando de entender algo que no veía del todo, algo que quizá se le hacía difícil, y escribiendo para poder acercarse un poco más.
El psicoanálisis y yo seguimos siendo incompatibles. Pero eso ya no me impide ir a buscar a Freud, porque cada vez que abro uno de sus libros ocurre algo extraordinariamente sencillo: está allí.
Casi intacto.
Un hombre sentado en su escritorio, dejando registro de lo que veía, de lo que escuchaba, de aquello que alcanzó a comprender y también de aquello que no. Dejando, sin saberlo, registro de una vida.
Una vida ocurrida hace más de cien años que todavía puede llegar hasta mi habitación.
Quizá eso sea lo que más me conmueve del arte. No que consiga vencer al tiempo, sino que consigue transportar compañía a través de él.
La chica hizo una canción. La actriz ensayó frente al espejo. Alguien escribió una historia. Freud escribió lo que alcanzaba a ver.
Cada uno sostuvo durante un tiempo algo que todavía no existía. Después lo dejó salir.
Y ahora, en algún lugar, alguien escucha, alguien mira, alguien lee, alguien se siente acompañado.
Yo abro un libro.
Freud está escribiendo.
Y por un rato, somos dos.

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