¿Alguna vez reconociste a alguien antes de verlo?
Por los pasos en la escalera, por una risa a través de la pared, por un perfume que llegó dos segundos antes que la persona. Tu cuerpo ya sabía quién era antes de que tus ojos confirmaran nada.
Lo sabes hacer más de lo que recuerdas.
Una vez conocí a un niño de cuatro años que organizaba el mundo por el olor. Cuando aparecía una chaqueta tirada y sin nombre, se la llevábamos. Acercaba la tela a su nariz y empezaba a caminar hacia el salón donde estaba su dueño, incluso cuando ese salón no era el suyo. No sabía el nombre de quien buscaba. No lo necesitaba. Recorría el espacio orientándose por el olor.
Y no era el único.
Un niño aprendió inglés antes que español, aunque nadie en su casa hablara esa lengua. Otro decía que las emociones tenían colores dentro de su cuerpo y que los sentimientos eran pequeños sonidos, casi como música. Una niña se negaba a dibujar un cuadrado: prefería el cubo. Quería el volumen antes que la proyección.
No aprendían lo mismo. Aprendían.
Aquello que aparecía en un cuerpo podía entrar en relación.
Una palabra despertaba curiosidad. Una manera de resolver algo quedaba disponible. Una pregunta producía otra pregunta. El olor de una chaqueta encontraba otro cuerpo.
La diferencia empezaba a organizar el espacio.
A esa manera en que la diversidad teje relaciones la llamo selva tropical.
Aquí se revela otra coordenada: el territorio.
La infancia acontece en un territorio. Mucho antes de poder explicar nuestras coordenadas, el cuerpo ya está encontrándolas. Aprende distancias con las piernas, temperaturas con la piel, sonidos con los oídos.
He estado en Caño Cristales y he visto un río volverse de colores alrededor de una planta. He subido al páramo y he visto frailejones aparecer entre la niebla. He caminado por la tierra seca de la Tatacoa. He entrado a la Amazonía y he sentido la humedad instalarse sobre la piel. He llegado a Guainía y he nadado entre aguas rojas.
Todo eso cabe en Colombia.
El territorio sigue ocurriendo. Mientras un cóndor atraviesa una corriente de aire sobre los Andes, una ballena acompaña a su cría por el Pacífico después de un largo viaje desde las aguas antárticas. Mientras una rana permanece quieta sobre una hoja húmeda, una semilla viaja prendida al cuerpo de un animal, kilómetros más allá. Cada acontecimiento lleva su propio tiempo. Entre el aire, el agua, la hoja y el cuerpo, el campo sigue tejiendo relaciones.
Podemos contar. Especies, aves, plantas, anfibios, hectáreas. Los números permiten ver la magnitud.
También podía contar aquel salón: veinte niños. Veinte era una cifra exacta. Uno, dos, tres, cuatro, hasta llegar al último de la lista. Cada cuerpo encontraba un lugar.
Mientras tanto, el olor de una chaqueta encontraba otro niño, una palabra empezaba a circular, los colores aparecían dentro del cuerpo y alguien encontraba profundidad donde se esperaba una superficie.
Contar hace lugar en la serie. Las relaciones entre las diferencias empiezan a hacer legible un campo.
La fila se abre.
Ahora hay posiciones, distancias, cercanías. Algo que estaba lejos puede volverse vecino cuando aparece una relación.
La distribución pide coordenadas.
Altura, temperatura, humedad, suelo, luz. Una posición, una distancia, un ángulo, el tiempo. Cada sistema encuentra las coordenadas que permiten describir su movimiento. Agregar una coordenada puede hacer visible algo que ya estaba ahí.
Como una chaqueta sin nombre. La ruta parecía sencilla: chaqueta → nombre → dueño. Faltaba el nombre, o eso parecía. Un cuerpo acercaba la tela a su nariz y aparecía otra ruta: chaqueta → olor → dueño. El olor había estado ahí todo el tiempo. Había aparecido otra coordenada.
También había una hoja de papel. Alguien pedía un cuadrado y otro cuerpo quería un cubo. Quería el volumen antes que la proyección: una dimensión más.
No faltaba información. Faltaban coordenadas en la manera de mirar.
En una selva tropical conviven muchas formas de vida. Cada una encuentra altura, luz, humedad, alimento, tiempo. Se aproxima a unas, se aleja de otras, modifica algo y es modificada.
La organización ocurre entre ellas.
Una relación puede hacer vecino lo que parecía lejano. Puede abrir otra ruta. Puede hacer visible algo que ya estaba.
Ampliar no siempre significa agregar. A veces se trata de relacionar.
Quizás por eso aprendemos a reconocer tan bien a quienes queremos.
Un gesto que aparece justo antes de una sonrisa. Una manera particular de mirar cuando algo despierta curiosidad. El gusto por una comida que siempre vuelve a elegir. Una palabra pronunciada de una forma que reconoceríamos entre muchas. La manera de acomodarse cuando encuentra un lugar donde quiere quedarse.
Pequeñas coordenadas que aprendimos sin proponérnoslo.
Cada quien llega desde un lugar que no es exactamente el nuestro. A veces trae una palabra que no conocíamos, una pregunta que nunca nos habíamos hecho, una manera distinta de llegar al mismo sitio.
Después del encuentro sabemos algo que antes no sabíamos.
Hay una relación nueva en el campo.
Quizás la vida se amplía así: encontrando en otro cuerpo una posibilidad del mundo que el nuestro todavía no conocía.

Deja una respuesta