Rafa tenía un mes de nacido cuando lo conocí.
Estábamos cuatro adultos alrededor de él —todos con oficios, con años sabiendo cosas del mundo— y ninguno sabía qué hacer con ese llanto que no paraba.
Su mamá se acercó a darle pecho. Él prefirió llorar antes que comer. El papá pensó en gases. Empezamos a revisar el entorno como ingenieros haciendo un checklist: nada de mosquitos, nada de bichos, ninguna luz molesta. El entorno no decía nada. Rafa lloraba en brazos de su madre.
Cuando ella lo puso en la cama, por un instante, el llanto se detuvo.
Ahí el papá tomó el fular y lo acomodó formando una hamaca. Mónica sujetó un lado, el papá el otro. La mamá puso a Rafa en el fular y empezó a cantarle. Yo tomé una almohada y empecé a hacer aire mientras ellos mecían la hamaca. Algo empezó a aflojarse: ya no lloraba, suspiraba.
Por un instante nos miramos a los ojos. Era gracioso y no podíamos parar: cuando el aire se detenía, lloraba. Cuando la mamá dejaba de cantar, lloraba. Si la hamaca se quedaba quieta, lloraba.
Supimos que era calor cuando el bebé dejó de llorar. No antes.
Rafa no podía decir tengo calor. Su llanto tampoco decía qué pasaba. Solo expresaba que alguna condición necesitaba cambiar.
Nosotros respondimos haciendo cosas: moverlo, cantarle, hacerle aire. Y Rafa respondió a nuestras acciones: suspiró, dejó de llorar, finalmente se quedó dormido.
Su llanto nos había movido a nosotros. Nuestras acciones lo habían movido a él.
No hizo falta que Rafa pudiera explicarnos lo que sentía. Entre su cuerpo y los nuestros ya estaba ocurriendo una correspondencia.
A eso lo llamo mamiferocidad.
Ningún bebé viene a repetir a otro. Cada uno llega con un cuerpo específico, una manera de sentir el ambiente, de responder a él, de buscar unas condiciones y rechazar otras.
Naces con un cuerpo antes que con una palabra.
Y ese cuerpo ya está haciendo mundo. Respira. Busca. Rechaza. Se acerca. Se aparta. Se tensa. Se calma. Llora.
No necesita poder explicar lo que ocurre para empezar a orientarse dentro de ello.
Una vez alguien me contó que lo apuñalaron. El cuchillo se le quedó clavado en la pierna y caminó así hasta llegar a urgencias. No sintió dolor. Ninguno. Solo cuando estuvo a salvo, rodeado de gente que podía ayudarlo, empezó a gritar de dolor. Mientras había que caminar, caminó. Cuando hubo dónde caer, dolió.
Y lo que le pasó a él te pasa a ti también, en versiones más pequeñas, todos los días.
El susto que te hace moverte antes de que alcances a pensarlo. El cuerpo que se paraliza. La canción que pones casi sin pensarlo y que, sin embargo, te calma, te alegra o te devuelve algo. El cielo al que subes los ojos. Meditar. Investigar. Cocinar. Hacer una cosa una y otra vez porque hacerla te hace bien.
Hay un repertorio entero de formas en las que tu cuerpo busca, rechaza o modifica las condiciones en las que está. A veces basta cambiar de posición. Abrir una ventana. Poner una canción. Salir. Acercarse. Alejarse.
Quizá regularse no sea solamente algo que un cuerpo hace dentro de sí.
Rafa necesitó aire, movimiento, canto y cuatro adultos alrededor de una tela. El hombre caminó hasta un lugar donde otros podían recibirlo. Una canción necesita sonido. Bailar necesita espacio. Mirar el cielo necesita tiempo.
El cuerpo no está separado de las condiciones en las que puede sostenerse. Las busca. Las rechaza. A veces las inventa. Y muchas veces las construye con otros.
Una vez conocí a un papá canguro. Su hijo había nacido mucho antes de lo esperado, a los seis meses. Era una criatura del tamaño de un ratón. Y se le parecía. Todos los días el papá iba a verlo y se lo ponía sobre el pecho. Piel con piel. Horas enteras. Un pecho tibio. Un corazón palpitando. Una respiración junto a otra.
Ese bebé no necesitaba lo mismo que necesitó Rafa. Necesitaba cercanía. Y durante horas, dos cuerpos hacían juntos algo que ninguno podía hacer exactamente de la misma manera por separado.
Un cuerpo le prestaba al otro temperatura, ritmo, respiración, presencia.
Tal vez ahí haya otra pista de la mamiferocidad. No solamente podemos orientarnos hacia ciertas condiciones. Podemos convertirnos en parte de las condiciones que sostienen a otro.
Un pecho puede ser abrigo. Una voz puede ser calma. Unas manos pueden sostener una hamaca. Una presencia puede modificar un espacio entero.
Antes de hablar, ya había una forma de expresión. Y otro podía responder.
Un llanto podía mover cuatro adultos alrededor de un espacio. Una mano extendida podía acercar otra mano. Una mirada podía dirigir dos ojos hacia el mismo lugar. Un sonido podía repetirse. Un gesto podía ser contestado.
Después vinieron las palabras. Y con ellas ocurrió algo extraordinario: pudimos volver cada vez más precisa esa expresión. Ya no solo llorar: Me duele. Tengo miedo. Quédate. También: Soñé algo. Se me ocurrió una idea. Quiero hacer esto. Mira. Y alguien mira.
Le cuentas a un amigo un sueño, una idea, un proyecto —algo que hasta ese momento solo tenía forma dentro de ti— y mientras hablas ocurre algo extraño. Ahora hay dos personas mirándolo. El proyecto todavía no existe. El sueño ya terminó. La idea quizá ni siquiera está completa. Pero entre los dos empieza a aparecer un espacio donde eso puede existir.
El afecto también teje espacio.
Lo hace cuando prestas atención. Cuando escuchas. Cuando preguntas. Cuando sostienes durante suficiente tiempo algo que todavía no termina de tomar forma.
Quizá por eso hablar nunca fue solamente intercambiar información.
El lenguaje es una tecnología mamífera.
Una herramienta extraordinariamente precisa para hacer perceptible a otro algo que ocurre en ti o contigo.
Con ella puedes contar algo que ocurrió hace veinte años. Imaginar lo que todavía no existe. Describir una estrella que nunca has tocado. Construir una teoría. Decirle a alguien que lo extrañas. Diseñar una nave que viajará fuera del planeta.
Inventamos tecnologías extraordinarias y seguimos siendo mamíferos mirando el cielo.
No hay contradicción. Una mano, un lenguaje, una imaginación son acontecimientos de la naturaleza, no su contrario.
También lo es una incubadora. Quizá la incubadora empezó mucho antes de tener cables, sensores y paredes transparentes. Empezó cada vez que un cuerpo descubrió que podía modificar las condiciones para sostener a otro.
Hacemos herramientas para prolongar nuestras manos. Telescopios para ampliar nuestros ojos. Máquinas para calcular lo que tardaríamos demasiado en calcular. Naves para llevar nuestros cuerpos hasta lugares a los que no podrían llegar solos. Palabras para volver más preciso aquello que intentamos mostrarnos.
Seguimos haciendo algo de lo que hacíamos alrededor de Rafa. Prestamos atención. Probamos. Nos ajustamos. Volvemos a mirar. Hasta que algo cambia.
Tal vez por eso, después de construir ciudades, instituciones, profesiones, pantallas, satélites y máquinas capaces de calcular por nosotros, seguimos necesitando sentarnos junto a alguien y contarle lo que nos pasó.
Seguimos diciendo: Mira. Escucha. Soñé algo. Seguimos mirando el cielo.
No dejamos de ser mamíferos cuando aprendimos a hablar. Nos convertimos en mamíferos capaces de contarnos lo que sentimos, lo que pensamos y lo que soñamos.
Y cuando alguien escucha, algo que ocurría en un cuerpo empieza a ocupar espacio entre dos. Una idea. Un recuerdo. Un proyecto. Un sueño.
Quizá nuestra tecnología más antigua sea esa: disponer el cuerpo para hacer espacio, para que algo que existe en otro encuentre también dónde sostenerse.
Y quizá así, mucho antes de saber llamarlo realidad, ya la estábamos tejiendo juntos.

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