Correspondencias

Imagina una bodega enorme.

Hace cien años estaba llena de máquinas capaces de fabricar miles de zapatos, herramientas o telas. Eran el corazón de la riqueza de una época. Hoy muchas de esas máquinas descansan en museos o fueron vendidas como chatarra, mientras una persona puede crear una empresa, escribir un libro, diseñar un videojuego o producir una película desde un computador en una habitación.

No cambió la capacidad humana de crear.

Cambió la forma en que una época reconoce, organiza y sostiene parte de aquello que considera valioso.

Hace miles de años, una concha bastaba para intercambiar alimento. Después fueron metales. Luego monedas. Más tarde billetes. Hoy sostienes buena parte de tu riqueza en algo que ni siquiera ocupa un lugar físico: vive en servidores, plataformas, archivos y comunidades repartidas por todo el planeta.

La concha nunca fue la riqueza. El oro tampoco. El billete menos. Cada uno fue apenas el recipiente que una época encontró para sostener e intercambiar una parte de aquello que consideraba valioso.

Cuando cambia ese recipiente, cambia mucho más que el dinero.

Cada época organiza su realidad alrededor de aquello que necesita sostener. En la Revolución Industrial, producir objetos era riqueza porque los objetos eran escasos. Después llegó lo digital y empezaste a producir información. Pero la información se copia infinitas veces. Un archivo cruza el planeta en segundos. Un libro puede descargarse millones de veces sin agotarse. Hoy una inteligencia artificial escribe, dibuja, programa y responde en cuestión de segundos.

Por eso la riqueza vuelve a desplazarse. Ya no parece concentrarse únicamente en quien acumula información, sino también en quien es capaz de convertirla en algo que antes no existía: descubrir una relación que nadie había visto, formular una pregunta que todavía no tenía nombre o producir una mirada que no puede copiarse exactamente.

Tal vez la riqueza de esta época ya no habite solamente en los objetos. Ni siquiera solamente en la información. Tal vez haya empezado a desplazarse hacia la singularidad de las personas.

Durante mucho tiempo te enseñaron a elegir una profesión con una sola pregunta.
—¿Eso da plata?

La pregunta tenía sentido en un mundo donde estudiar una carrera, conseguir un empleo estable y permanecer allí durante años era una manera bastante confiable de organizar la vida. Trabajo, salario y dinero parecían formar una sola línea recta.

Pero esa línea dejó de ser recta.

Hoy ves ingenieros que cocinan, médicos que crean contenido, abogados que venden café, músicos que programan, programadores que enseñan y profesoras que escriben. No dejaron de trabajar. Cambió la forma en que el trabajo encuentra riqueza.

Y está pasando otra vez. Mientras terminas de acomodarte a las reglas de este juego, alguien ya está cambiando el tablero. Las inteligencias artificiales empiezan a realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas, y muchas de las certezas sobre lo que significa tener “un trabajo serio” vuelven a moverse.

Sin embargo, ese cambio no solo transforma la economía.

También transforma la realidad.

Durante mucho tiempo se pensó que existía una sola realidad. Pero basta entrar a la casa de un coleccionista, a un estudio de grabación, a un taller de cerámica, a un laboratorio o a una finca para descubrir otra cosa.

Vives en el mismo planeta. Pero habitas realidades distintas.

Cada una organiza sus propios ritmos, sus propias relaciones y aquello que decide que vale la pena conservar.

Eso es el valor.

Imagina que solo pudieras conservar una cosa de tu vida.

¿Qué sería?

La respuesta probablemente no sea la misma para todos. Hay quien piensa primero en una persona. Hay quien piensa en un bosque. En una biblioteca. En un laboratorio. En una lengua. En una obra. En una cámara de cine. En una empresa. En una comunidad.

Antes de hablar de riqueza, aparece esa respuesta.

Porque el valor es aquello que una realidad considera indispensable para seguir siendo ella misma.

La riqueza aparece después.

Toda realidad necesita encontrar la manera de sostener materialmente aquello que valora. Para un agricultor será una buena cosecha. Para una empresa, una organización capaz de perdurar. Para una escritora, el tiempo necesario para escribir. Para un laboratorio, los recursos que permiten seguir investigando.

El dinero forma parte de esa riqueza. Pero no es el valor mismo. Es una de las herramientas que una sociedad inventó para sostener e intercambiar una parte de aquello que considera valioso.

Cuando una realidad se piensa como la única, deja afuera todo lo que no cabe en ella. Y lo que queda afuera termina construyendo el lugar donde sí puede existir: una página web, un videojuego, un canal, una comunidad o un proyecto que todavía nadie más comprende.

Internet hizo algo que todavía estás aprendiendo a entender. No creó una copia de la realidad. Multiplicó las posibilidades de encuentro entre realidades que antes difícilmente podían encontrarse. Hoy una comunidad puede existir sin compartir un territorio. Una obra puede viajar sin moverse de una habitación. Una conversación puede transformar una vida a miles de kilómetros de distancia.

La virtualidad dejó de ser el opuesto de lo real. Pasó a formar parte de él.

Lo sé de cerca. Trabajé más de diez años como maestra, y ese trabajo produjo una versión de mí que todavía no encontraba un lugar donde existir. Internet no creó esa versión. Lo que hizo fue ponerla en relación con personas de otras ciudades, de otros países y de otros campos del conocimiento que empezaron a reconocerme como quiero ser reconocida. De esas correspondencias nacieron conversaciones, colaboraciones y una comunidad que empezó a sostener una realidad distinta alrededor de mi trabajo.

No significa que el dinero deje de importar. Sigues necesitando comer, habitar una casa y cuidar tu cuerpo. Pero empieza a ocupar otro lugar. Ya no aparece como el destino final, sino como una de las condiciones que permiten sostener una vida.

Y cuando deja de ocupar el centro, aparece otra pregunta.

No tanto dónde está el trabajo.

Sino qué puedes producir que nadie más podría producir exactamente de la misma manera.

Cada persona es una singularidad en potencia. No una copia con pequeñas variaciones, sino una forma irrepetible de mirar, relacionar y nombrar el mundo.

Esa singularidad no se activa sola. Solo produce conocimiento nuevo cuando el trabajo que haces entra en correspondencia con quien eres, y no únicamente con aquello que una época esperaba de ti.

La época misma parece haber empezado a darse cuenta. Ya existen gafas capaces de registrar lo que sueñas mientras duermes, como si incluso aquello que ves con los ojos cerrados empezara a percibirse como una fuente de conocimiento todavía inexplorada. No porque los sueños valgan dinero, sino porque la época empieza a dirigir su atención hacia aquello que solo tú puedes producir desde tu propia experiencia.

Lo veo cada vez que entro a mi taller. Hay días en los que el escritorio es un mapa de papeles unidos por flechas. Otros, ecuaciones buscando espacio en la pizarra con una pregunta que todavía no tiene forma. El espacio cambia de geometría con cada idea. No soy yo quien acomoda el pensamiento al taller. Es el taller el que termina reorganizándose alrededor de la idea que intenta nacer.

Cada vez que escribo un estáis veo ese mecanismo aparecer. Una idea encuentra a otra. Una persona reconoce algo que antes no podía nombrar. Me llega una canción inspirada en la querencia Alguien me escribe diciendo que ahora mira su propia vida de otra manera. También eso produce realidad.

Tal vez eso sea lo que cambia en cada época.

No solo el lugar donde habita la riqueza.

También el tipo de realidad que somos capaces de sostener juntos.

La realidad, al final, es un tejido hecho de afectos.

Por eso, donde encuentro silencio, no leo una ausencia. Leo información. Esa realidad no se corresponde con la mía.

Y donde aparece la resonancia, aparece también el reconocimiento. Nos sostenemos mutuamente.

Respuestas

  1. Avatar de Belkis Gimena Briceno Ruiz

    Jensi, celebro grandemente que estes experimentando esa correspondencia en tu vida. Leerte es un momento especial porque te veo, y te escucho. Tus palabras suscitan reflexiones y emociones profundas; definitivamente, creas otras realidades.

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  2. Avatar de Gladys Bejarano

    Excelente reflexion

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  3. Avatar de Oscar Martin Gomez Garcia

    Desde el momento de nuestra concepción hasta el último suspiro solo hacemos una cosa: explorar.
    Lo “fácil” es explorar el mundo que nos rodea, la naturaleza; un poco más complejo es entender la sociedad a la que pertenecemos, más aún en esta “aldea global” que nos da el Internet; pero lo realmente retador es conocernos a nosotros mismos….

    Encontrarnos, definirnos, establecer nuestras fronteras y entender cómo nos articulamos con el mundo exterior, en cada etapa de nuestra vida, para encajar en los relatos que este nos ofrece, es la verdadera “Odisea”.

    Me encanta saber, Jensy, que ya vislumbras tu “Itaca” en lontananza. Qué valiente y afortunada eres!!!

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