Hilos al sol

Estás tomando un café con una amiga y la conversación se alarga tanto que el café se enfría y ninguna de las dos lo nota. Vas caminando por la calle con audífonos y una canción entra justo en el paso — y de pronto tu cuerpo ya no camina: baila caminando, lleva el ritmo sin que lo hayas decidido. Cantas en la ducha porque sí. Gritas una canción en un concierto junto a miles de desconocidos que también la gritan. Lloras en la oscuridad del cine con una película que no es tuya y aún así te pasa.

Ese poder no es un lujo. Es un saber. Un saber que es solo tuyo, que se ejerce habitando el espacio, y que no cabe en ninguna otra parte.

Sin embargo, hay palabras que reducen ese espacio.

Hay un significante que creció más que el economista que lo pensó. Se llama riqueza. Quiero cuidar al pensador y separar el concepto, porque lo que veo no es un hombre sino una palabra que se hizo mundo. Y lo que esa palabra hace es un gesto geométrico. Tu cuerpo ocupa un volumen de posibilidades: se mueve en muchos ejes a la vez — el eje del baile, el del dibujo, el de la espera, el de la contemplación. Esos son tus grados de libertad.

La riqueza no destruye el cuerpo: lo proyecta sobre un solo eje, el eje que rinde: la productividad. Como quien aplasta una figura de tres dimensiones contra un plano, y el plano contra una línea. Te reduce a una línea que representa lo que eres.

Mano de obra es el nombre de esa línea.

Fíjate cuánto manda la línea en lo cotidiano. La fábrica inventó la línea de producción: cada cuerpo fijo en un punto, repitiendo un solo gesto, mientras el objeto avanza. Haces fila para todo, y una fila es eso: cuerpos convertidos en puntos ordenados sobre una recta, donde lo único que importa de ti es tu posición. Hasta la lectura del alfabeto ocurre sobre una línea: letras en fila, una detrás de otra, el ojo recorriendo renglones rectos. Porque en una línea solo existen dos posibilidades: avanzar o quedarte atrás. No hay lado. No hay vuelta. No hay adentro. La línea es el espacio reducido a una sola pregunta: ¿en qué punto vas?

Todo lo que eras en los otros ejes no desaparece. Simplemente deja de contar.

Por fortuna, existen hilos: líneas topológicas capaces de curvarse para tejer el espacio.

Porque un hilo también tiene una sola dimensión — en eso la línea y el hilo son parientes. Pero el hilo habita el espacio de otra manera. Puede curvarse, girar, volver sobre sí mismo, anudarse. Las matemáticas incluso tienen una rama dedicada a estudiar esas transformaciones: la topología. Allí un hilo puede doblarse, anudarse y curvarse sin dejar de ser el mismo. Y aquí está lo asombroso: con hilos — objetos de una sola dimensión — se tejen superficies, que tienen dos; y con superficies se levantan volúmenes: una mochila, que guarda espacio adentro. El hilo no niega ser línea. La libera. Recupera, curva a curva, nudo a nudo, las dimensiones que la proyección había aplastado.

Mi abuela Esther no sabía leer letras de un alfabeto pero sí que sabía de hilos.

Y no las leía porque estaba prohibido que las mujeres aprendieran a hacerlo.

Le prohibieron una lectura, no la lectura.

Porque ella leía el espacio mismo: la tierra, la planta, el cielo, sus instrumentos. Y nada de eso viene escrito en renglones. El mundo no se presenta en fila — se curva, se anuda, cambia de color, se humedece antes de la lluvia. Para leerlo no sirve el ojo que recorre líneas rectas: hay que saber de hilos. Y quien sabe de hilos reconoce todo lo que se curva.

Su oficio empezaba antes del hilo. Empezaba en la planta. Había que observar cotidianamente la hilacha, hasta que la hoja por sí misma dijera cuándo estaba lista. Raspar la hoja para separar la fibra de la pulpa. Lavarla para sacarle el jugo verde. Ponerla a secar al sol — y aquí su cuerpo tenía que salir a asomarse al cielo, porque si venía lluvia había que correr a recoger los hilos. El secado no se mide en reloj: se mide en horas de sol y en ojos que leen nubes. Luego peinar la fibra. Remojarla una noche entera. Hilarla uniendo las hebras con las yemas de los dedos hasta que sale un hilo continuo. Teñir con lo que las plantas dan — una corteza para un naranja, unas hojas para un castaño — y dejar reposar el color medio día para que se fije.

Y solo entonces, tejer. Una mochila por vez. Una por una.

La mano fabrica el producto final, sí. Pero para llegar a esa última hora, el cuerpo entero de la abuela había aprendido de cielo, de agua, de fibra, de espera. Cada mochila guardaba algo de su tiempo: era una memoria de su oficio.

A eso le decimos artesanía, y a veces la palabra suena a poco. Pero no nació así. Arte y artesanía vienen de la misma raíz: la destreza de hacer bien una cosa. Al principio no había distinción: forjar, pintar, tejer, escribir — todo era lo mismo. La separación llegó después, cuando una mirada decidió que el arte era lo que no servía para nada y la artesanía lo que se usaba todos los días. Como si lo cotidiano no pudiera pensar.

Las mochilas arhuacas desmienten esa idea con cada puntada: lo que ves en ellas es un pensamiento tejido. El color y la figura no decoran el objeto — son el mensaje, realizados por el mismo gesto que lo fabrica. No hay una idea guardada en la cabeza que después se aplica a la mano. Es una sola cosa: pensar tejiendo. Piensa en las mujeres afrodescendientes que tejían en las trenzas las rutas de escape — mapas trenzados en el pelo, cartografías que viajaban en el cuerpo mismo que iba a huir.

Hay saberes que solo existen mientras un cuerpo los está haciendo.

Esa mirada no los clasificó mal por descuido. No pudo verlos, porque buscaba un saber tipo biblioteca: es decir, un saber extraído del cuerpo.

Y la inteligencia de mi abuela no era de biblioteca. Ella no tenía el conocimiento como quien tiene libros en un estante, disponibles sin tiempo. Su forma de hacer vivía en el hacer: mientras regaba la planta, mientras miraba el cielo, mientras sus dedos calibraban el hilo. Por eso exigía espacio y movimiento. Por eso tardaba lo que tardaba: la experiencia no se puede comprimir en menos tiempo del que el cuerpo necesita para hacerla. Un libro se puede recorrer sin repetir el cuerpo de quien lo escribió. Una mochila no: para que ese oficio pase, alguien tiene que volver a hacer el gesto, con su propio cuerpo, en su propio tiempo.

Hay cosas que se escriben en el cuerpo por pura insistencia.

Habrás visto las piernas de un ciclista. La ropa que lo cubrió mantiene la piel blanca, y el sol — día tras día, la misma hora, el mismo trazo — le convierte las piernas en piernas de ciclista. Nadie decidió ese tatuaje de una vez. Lo escribió la insistencia.

Así funciona el cuerpo: lo que insiste en él, lo escribe.

Ese mecanismo también fue usado por la riqueza. Toma tu tiempo singular — ese tiempo hecho de café que se enfría, de canciones gritadas, de luz de tarde — y lo despoja hasta dejarte una sola forma de hacer: la repetición, lo mismo cada día. La misma hora, el mismo movimiento, el mismo trazo. Pero ya no es el sol quien escribe: es el engranaje. Un funcionario dentro de un engranaje que produce riqueza para la riqueza misma. Y después viene la parte más fina de la operación: te venden el cuerpo de vuelta, en representación. Te venden el auto que moviliza el cuerpo, la ropa que viste el cuerpo, la imagen del cuerpo que podrías ser. Y el círculo se cierra: trabajas para conseguir el dinero que te permitirá comprar las cosas — cosas que representan la vida que el trabajo te quitó el tiempo de vivir.

La riqueza no solo organiza el trabajo. Organiza qué movimientos del cuerpo cuentan como conocimiento — y cuáles no.

Cambió la geometría. Pero el cuerpo no olvida sus dimensiones. Si el tuyo insiste en experimentar — en bailar sin decidirlo, en llorar películas ajenas — tal vez sea eso: un cuerpo resistiéndose a ser línea.

Porque la insistencia también puede ser tuya.

A veces hay que vivir una sensación muchas veces antes de encontrarle la forma. Algo te incomoda o te fascina, o a veces las dos a la vez, y no le encuentras el contorno, no hay todavía nombre para eso. Entonces insistes. A mí me pasa con mis propias investigaciones: algo me apasiona hasta que la experiencia misma revela una forma.

Escribir es eso.

Y creo que eso fue lo que la abuela me dejó, sin proponérselo. Ella me contaba historias fantásticas de duendes, y durante mucho tiempo pensé que su regalo había sido ese: inventar ficciones. Ahora sé que no. Lo que me compartió fue otra cosa: construir un saber propio no sabiendo. Ensayando. Esperando. Cuidando la planta antes de exigirle el hilo. Dando tiempo a que cada idea madure, como la fibra reposa en la tinta hasta que el color se fija.

Quizás sea el gesto mismo de escribir lo que me convoca. Cada estáis es la huella de una insistencia que se hizo cuerpo. Una por una, como ella tejía.

Escribo mirando al cielo, y cuando viene la lluvia, recojo los hilos.




Respuestas

  1. Avatar de Belkis

    Tejer ancestralidad con tus Estáis; e imprimes en esos hilos conductores la posteridad. Gracias Jensi, gracias por compartir la trama de tus investigaciones.

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  2. Avatar de Martin Gomez

    Metáfora maravillosa de la vida, la experiencia, la rutina, de lo que consideramos riqueza o fortuna. Con tu prosa envuelves como si fuera una madeja de hilo, es imposible no «enredarse» en ella y sentirse cobijado, comprendido, descifrado. No pares de escribir

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