Dos manos y un corazón

Hay un instante, apenas despiertas, en que el sueño ya se está yendo. Quieres retenerlo y no puedes: las imágenes se deshacen, se te escapan entre las manos. Y sin embargo algo se queda. Un magnetismo que te recorre el cuerpo y te hace sentir que el sueño fue muy real. No recuerdas qué soñaste, pero algo se te quedó pegado. Y eso que se quedó se siente más real que muchas cosas de las que sí te acuerdas.

Y lo fue.

Te levantas, haces café, sigues con tu día. Pero esa sensación sigue ahí, corriendo por debajo, mientras trabajas, mientras caminas. La andas cargando sin verla, sin saber bien qué es.

Eso que insiste es tu diferencia.

Tu diferencia no es lo que pasa por tu mente y crees tuyo. Es, primero, todo eso que te constituye sin que lo hayas elegido: lo que eres, cómo funcionas, lo que te hace único. Como si la naturaleza hubiera escrito casi todo antes de que nacieras. Casi. Porque deja un pequeño espacio en blanco. Y es ahí donde empiezas tú.

He notado que cuando se sigue la diferencia, la realidad encuentra un modo de organizarse que resulta más coherente para ti. Y es algo sencillo: por el mismo árbol pasamos tú, yo y un vecino, y no vemos lo mismo. Para uno es sombra y descanso, para otro un estorbo que tapa la vista, para otro nada. El árbol no cambia. Lo que cambia es cómo se organiza el mundo alrededor de cada quien. Seguir tu diferencia es eso: dejar que la realidad se ordene del modo que te corresponde a ti.

Por eso ordenar también es poner límites. Y quizá sea una de las partes más incómodas de ser diferente: muchas veces un límite se interpreta como grosería, o como no saber aguantar un chiste. Pero un límite no es un castigo, ni un rechazo. Lejos de romper el vínculo, lo vuelve habitable: hace que la relación ocurra entre dos diferencias reales, y no entre una persona y una representación, la imagen que alguien construyó de ella.

Porque hay algo que conviene distinguir. A veces sí es un malentendido, y basta una precisión para que todo vuelva a su lugar. Pero hay situaciones de otra escala: no son del orden de lo que se dijo y se entendió mal, sino del orden de la diferencia misma. No es que yo entienda mal, ni que el otro se explique mal. Es que aquello desde donde percibo no coincide con el marco desde el que el otro intenta leerme. Y cuando esa diferencia se reduce a un malentendido, se deja de escuchar a la persona y se empieza a responder a una versión de ella más familiar. Por eso pongo un límite: para cuidar que aquello que soy no quede reemplazado por la versión que otro hizo de mí.

Con los años descubrí que me muevo por el mundo con dos manos y un corazón. Hay encuentros con personas en los que se está más seguro jugándose las manos. Las manos son las cartas con las que se entra a un juego: distintas maneras de entrar y sostenerme en una conversación —a veces la de maestra, a veces la de las matemáticas, a veces la más cotidiana. Tengo muchas manos. Pero hay encuentros que no sé leer, donde ninguna de mis manos parece hecha para lo que percibo. Y ahí, antes que forzar una posición que no calza, prefiero jugarme el corazón: la carta sorpresa, lo que le dejo al azar, la apuesta arriesgada. Y esta carta suele inclinarse hacia mi diferencia. Por eso la juego: porque cada vez que me dejo llevar de ella, conozco personas increíblemente bellas y maravillosas. En su gran mayoría, niñas y niños. Pero también hay adultos que llegan a sorprenderme.

Por eso sigo mi diferencia como quien sigue una estrella. Pero no para llegar a ella. La sigo porque, mientras la sigo, todo se acomoda mejor para mí. Esa estrella es mi diferencia. No es una meta. Es una orientación. No voy hacia un punto: atravieso.

Piénsalo como un juego. Llegaste a un planeta que viaja por el espacio, lleno de gente, enorme y diverso. Y llegaste con un cuerpo. Todo lo que te ocurra va a ocurrirte en él. Cada encuentro, cada pérdida, cada alegría, cada miedo. La vida no pasa por fuera: te atraviesa. Y cada vez que lo hace, deja una huella. Tal vez eso sea el tiempo. No algo que marca un reloj colgado en una pared, sino algo que va quedando inscrito en tu cuerpo mientras vives.

Me gusta pensar que vivir se parece a despertar de un sueño. Muchas veces no alcanzamos a recordar todo lo que nos ocurrió. Pero algo queda. Una sensación difícil de nombrar. Un pequeño magnetismo que sigue ahí, recorriendo el cuerpo, como si la vida hubiera pasado por nosotros y hubiera dejado una estela.

Y quizá eso seamos: cuerpos hechos de polvo de estrellas —de materia que ya fue otras cosas y volverá a serlo—. Por un tiempo atravesamos la vida. La vida pasa. Cambia. Nunca se queda quieta. Pero a su paso deja huellas. Y el cuerpo las guarda.

Despertar es darse cuenta de que esas huellas siguen ahí.

Lo que sé es que se sienten en el cuerpo.

Respuestas

  1. Avatar de Dorian Liliana Rozo

    Que bello!!! Mi profe escritora…no pude evitar identificarme con este escrito y soñar mientras vivo.

    Un gran abrazo. Dorian

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  2. Avatar de Oscar Martin Gomez Garcia

    El camino de conocerse es largo, de percibirse, de entenderse, de aceptarse…. Pero el establecer esos límites te ayuda a referenciarte y a establecer tus linderos. Solo quien tiende una cerca sabe hasta dónde va su finca.
    Tus escritos me permiten verme hacia adentro y proyectarme hacia afuera.
    Eso es una escritora!!!

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