Hay lugares que no aparecen en ningún mapa y, sin embargo, el cuerpo sabe llegar a ellos.
No son una dirección. Son una temperatura. Son el instante en que tu respiración encuentra otra respiración más lenta y, sin que nadie lo decida, empieza a seguirla. Un rincón donde la luz entra y no te pide nada. Una conversación en la que, por primera vez en horas, dejas de vigilar tus propias palabras.
A eso lo llamo querencia.
La palabra es antigua y, durante mucho tiempo, sirvió sobre todo para los animales. Cualquiera que haya vivido cerca de uno lo ha visto, aunque no supiera cómo nombrarlo. El caballo que regresa siempre al mismo establo, a la misma ruta, sin que nadie lo conduzca. El gato que elige, entre todos los rincones de la casa, exactamente ese. No es costumbre: es querencia. El cuerpo vuelve a donde puede sostenerse mejor.
Un golden retriever puede encontrar la suya en cualquier charco. Se mete entero, hunde la cabeza bajo el agua y saca piedras del fondo una y otra vez, sin premio y sin motivo. Nadie se lo enseñó. Como si en ese gesto pudiera conectarse con algo mucho más antiguo que él: el agua, el peso de la piedra en los dientes, la búsqueda por la búsqueda misma. No lo piensa. Lo habita.
Ahí, en los animales, la querencia se ve a simple vista, porque en ellos no hay discurso que la tape. No eligen su lugar con razones; lo reconocen con el cuerpo. Hay en eso una inteligencia muy honda, mucho más antigua que nosotros: una inteligencia mamífera que sabe, sin una sola palabra, dónde puede dejar de defenderse. El cuerpo reconoce antes de que el lenguaje entre a explicar.
Pero la querencia no es el charco. No es el establo, ni el rincón, ni la silla junto a la ventana. Esos son los lugares donde ocurrió, no lo que es. La querencia no está aquí ni allá: ocurre entre. Sucede cuando dos ritmos coinciden —dos respiraciones, dos silencios, un cuerpo y cierta hora del día— y en esa coincidencia se abre un espacio que ningún mapa registra. Un lugar sin lugar. Una sincronía. El espacio, brevísimo y libre, donde tu ser puede estar sin traducirse.
Eso es lo más hondo del concepto. Ahí no hace falta volverse legible, ni explicarse, ni achicarse para caber. Por un momento, todo lo que eres cabe a la vez, sin pelearse entre sí. Y aunque ocurre antes de cualquier palabra, el cuerpo sabe reconocerla. No siempre puede decir dónde está, pero sabe cuándo llegó.
El español me da aquí una oportunidad. Conserva una distinción entre dos verbos que otras lenguas tienden a reunir en una sola palabra, o en una misma familia: desear y querer.
El deseo tiene su gramática. El español me permite querer.
Querer viene del latín quaerere: buscar, ir hacia. Nombra una orientación: inclinarse, moverse en una dirección. Y es desde ese verbo, y no desde el otro, desde donde quiero pensar la querencia.
No para excluir nada, sino para sostener otra orientación posible —la que esta lengua me abre—. La querencia tiende hacia donde puedes estar entero, y habitarla es dejar que esa orientación te lleve: no hacia un objeto, sino hacia una coincidencia donde quepas sin partirte.
Si te detienes un momento, notarás que esa orientación ya te está moviendo. Hacia una persona junto a la que respiras distinto. Hacia cierta hora callada del día. Como el golden hacia el agua, algo en ti tiende, sin que lo decidas, hacia donde puedes dejar de defenderte. Lo que en el animal se ve, en ti se siente.
Porque en nosotros el lenguaje a veces miente sin saber que miente. He estado en casas que tenían todas las palabras del cuidado y ninguna de sus condiciones. Lugares donde una voz decía aquí estás a salvo mientras, por debajo, mi cuerpo seguía contando las salidas. Por eso la querencia no pregunta qué significa un lugar. Pregunta algo más simple y más difícil de engañar: ¿puede tu cuerpo estar aquí sin armarse?
Cuando la respuesta es sí, no hace falta explicar nada. El sistema nervioso lo reconoce antes que tú: afloja los hombros, suelta la mandíbula, deja de medir distancias. No es una idea. Es una temperatura que baja, un ritmo que por fin coincide.
La querencia no es tuya en el sentido de poseerla. No exige quedarse, ni ser el único, ni durar. A veces dura dos minutos. A veces uno. Un abrazo breve, un silencio sin vigilancia, alguien que respira despacio a tu lado y te presta su ritmo. Después la vida sigue, y está bien.
La querencia no es un lugar al que se llega para siempre. Es lo que la estrella polar es para quien navega de noche: nadie pone rumbo hacia ella, nadie llega a tocarla; basta levantar la vista y encontrarla para volver a saber dónde se está. Así orienta la querencia. No es el puerto al que se arriba, sino el punto fijo que le devuelve al cuerpo su rumbo cuando necesita volver a sostenerse.
No puedo darte una. Nadie puede regalarte un lugar donde tu cuerpo deje de defenderse; eso lo encuentra cada quien, a su manera, a veces sin darse cuenta de que lo encontró. Pero puedo compartir la palabra. Y una palabra, cuando nombra algo que no tenía nombre, hace una cosa pequeña y enorme: ensancha la realidad. Donde antes había una sensación sin contornos, de pronto hay una forma posible. Y lo que tiene nombre puede reconocerse cuando aparece, puede echarse de menos cuando falta. Saber que algo te falta ya es saber que existe.
Quizá esto mismo sea una querencia: estas líneas, este momento en que lees sin que nadie te pida traducirte. Si en algún punto respiraste más hondo, entonces ya estuviste ahí.

Deja un comentario