Escuché decir que Karol G comercializa el cuerpo de la mujer.
Lo decían a propósito de su aparición en el desfile de Victoria’s Secret. Otras personas celebraban exactamente lo contrario. El debate parecía eterno: unas veían liberación, otras veían explotación.
Yo no entré para decidir quién tenía razón.
Entré porque dijeron cuerpo de la mujer y porque dijeron Karol G.
Una palabra tocó mi cuerpo. La otra tocó mi afecto.
Soy una latina. Estoy acostumbrada a que el mundo global no se parezca a mí. Quería ver a una mujer colombiana caminando en una de las pasarelas más visibles del mundo. Quería verla a ella.
Pero ocurrió algo extraño.
Vi el desfile una vez. Luego otra. Luego otra más.
La primera vez vi a Karol G.
Después empecé a ver la pasarela.
Y entonces apareció algo más grande.
Los cuerpos latinos ya existían. Los cuerpos embarazados ya existían. Los cuerpos que durante décadas quedaron por fuera de ese escenario ya existían. Lo que estaba cambiando no eran los cuerpos. Era la capacidad de la pasarela para sostenerlos.
Pasarela. La palabra misma lo dice: viene de pasar. Antes de ser escenario fue un puente pequeño — la plancha que une el barco con la orilla, la estructura angosta que se tiende donde no había cruce. Una pasarela no es un lugar para quedarse. Es un lugar para atravesar.
Y mi pasarela ocurrió aquí: yo estaba en un lado. Karol G estaba en el otro. La vi. Entré. Crucé. Y terminé viendo algo más grande. La pasarela hizo exactamente lo que una pasarela hace: permitió un paso.
Y Victoria’s Secret es una marca: una representación. Nunca vendió ropa solamente — vendió una imagen de mujer. Es una ficción en el sentido más literal: una imagen sostenida durante décadas. Y lo saben mejor que nadie: cuando alguna vez les preguntaron por qué otros cuerpos no entraban, su propio guardián respondió que el show era una fantasía. Lo dijo él. Pero toda ficción enfrenta, tarde o temprano, una decisión: volverse edén — un molde eterno donde nada nuevo puede entrar — o ampliarse hacia un mundo que evidentemente era más amplio que su cuerpo local. Desde que nombraron “el cuerpo perfecto” y el mundo les respondió que no, la ficción comenzó a ensancharse, grieta a grieta. No es que le dieran un lugar a esos cuerpos: es que tuvieron que ampliar el lugar — aprender una geometría nueva. Cuando la representación encuentra su límite, se amplía.
No me interesan sus intenciones — que operen por mercado o por convicción. Me importa lo que hicieron con su puente: lo dispusieron para que pudiéramos pasar.
El desfile abrió con una mujer embarazada. Un cuerpo que contiene otro cuerpo. Un cuerpo que sostiene vida caminando primero. No la vistieron de disimulo: en lugar de alas, una concha — el nacimiento mismo subiendo al puente. A mitad de camino se detuvo a acunar su vientre: se tomó su tiempo dentro de un desfile hecho de velocidad. Durante años esa imagen parecía incompatible con la fantasía que la marca vendía. Ahora estaba en el centro, cruzando primero.
Entonces entendí que no estaba viendo sólo a Karol G. Estaba viendo cómo una representación aprendía a alojar cuerpos que siempre habían estado ahí.
Estaba viendo una ampliación de la realidad.
Lo que este estáis registra son los efectos de ese pasaje.
Entré porque una latina foreva había llegado a la pasarela.
Me quedé porque la pasarela empezó, por fin, a parecerse un poco más al mundo.
Hacer ropa para un cuerpo es reconocer su geometría. Y reconocer una geometría es ampliar el espacio mismo de la realidad: el espacio donde los cuerpos pueden tener imagen. Coexistíamos, pero éramos invisibles — estábamos, sin imagen que nos sostuviera. Ahora hay una imagen en ese espacio: una latina foreva que hace de llave. Lo fue para mí, como su música, que me hace bailar porque me toca el cuerpo. La llave no es la puerta ni es la casa. Es lo que brilla para que entremos.

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